Que un policía sea capaz de perseguir a un vendedor de plátanos por venderlos «demasiado maduros» debería ser ya motivo de risa. Pero no es un chiste. Como tampoco lo es la humillación a la que se somete al vendedor de plátanos, a la maestra sin buen salario y a los pobres en general, condenados a la pobreza eterna con el nivel educativo que se tiene actualmente en Venezuela.
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